os golpes duelen cuando se enfrían y el verano te persigue cuando ya no hace calor.
Esta es una canción que parece alegre, pero podría ser triste. Que sirve para recibir el verano, pero también para despedirlo. Algunos escuchan bossa nova cuando empieza y otros cuando acaba y a veces incluso lo hacen justo en el mismo instante. En marzo. Y si es todo eso es porque a veces cuando huimos de algo lo hacemos para encontrar otra cosa.
Es marzo de 1972 y Antônio Carlos Jobim conduce un coche hacia su finca de Poço Fundo, en São José do Vale do Rio Preto, al lado de ese río. Tiene 45 años y las manos de burgués carioca que solo ha tocado guitarras, mujeres y vasos. “En la mitad de la vida, con la senda derecha ya perdida”, como explica Dante en su “Comedia”, piensa que o deja atrás su vida de borrachera, boîtes y whisky con amigos como Vinicius o es muy probable que le queden muchos menos años de los que ya ha dejado atrás. “Esclavo de la alegría”, como le dijo un día su colega poeta, necesita estar tranquilo, acabar su nuevo disco, “Matita Perê” (1973), y de paso seguir vivo.
Parece que la lluvia tamborilea en un parabrisas que enmarca los verdes violentos de esa zona. “Tom, Tom, Tom…”. La canción que le cantaba su madre hasta que acabó llamándole así. No lleva puesta la radio, porque él es la radio, cuando desafina, cuando le canta a esa chavala de Ipanema, cuando le dicen que la bossa nova es de pijos sofisticados y él contesta con una samba de una sola nota (ríete del punk, que necesitaba tres acordes). Estuvo en el centro de todo, era como ese tipo de John Dos Passos que se sube al taxi y pide ir “al centro de las cosas”, solo que él quiere retirarse a las afueras. A 130 kilómetros exactos del corazón de Río de Janeiro, donde él inventó el mejor latido y a la que puso banda sonora. Esa ciudad de la que, bajo la dictadura militar, se dice que acaba de abrazar un milagro económico, aunque lo verdaderamente milagroso sea tal goteo de música bonita. Se marcha para dejar atrás una vida, pero, en realidad, llega a otro sitio para encontrar una canción. Una de las canciones más bellas de la historia. La más linda. La más llena de gracia.
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“Es el palo es la piedra es el fin del camino. Es un trozo de tronco, es estar un poquito triste. Es un casco de vidrio es la vida es el sol. Es la noche es la muerte es un lazo es un anzuelo. Es un pájaro muerto es un pájaro vivo. Es un árbol del campo y un nudo en la madera. Es el proyecto de casa, es el carro atrapado, es el fango es el fango”.
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Marzo es el mes de las lluvias que limpian los restos del verano en Brasil. Aquí es el mes de la promesa impaciente de la primavera, pero allí es el de la resaca del verano, estrépito de tormentas diarias que intentan no dejar rastro de lo que acaba de suceder. Cuídate de los idus de marzo, que hasta Julio César no hizo caso y se presentó en el Senado con resaca y así acabó. Por eso, como en toda resaca, cae tanta agua y por eso Jobim le cantará a esa agua.
Su idea es levantar con sus propias manos de seminarista la casa donde retirarse para componer. Restaurar un hogar en esa finca que su familia tiene desde hace generaciones, que intentaron usar para explotar la cría de aves sin éxito. Quiere componer, pero ¿cómo hacerlo con este ruido de obras y con este estrépito de tormenta?
Un día, Tom Jobim sale de paseo con ese mismo coche. Llueve con una insistencia impertinente y él sigue silbando nuevas melodías e hipotéticos estribillos. Las ruedas se embarran, el coche queda varado en ese prado frente al río y entonces ve bajar esos trozos de tronco, esas flores, ese zapato, ese pájaro muerto, quizá hasta un transistor. Son las aguas de marzo, que se llevan el verano, la vida en verano. En el caso de Jobim, algo más que el verano, su vida anterior. Igual hasta es más bonito el recuerdo del verano que el verano, también más tramposo: esa “sensación de verano” te va a perseguir el resto de tu vida, cantaba Jonathan Richman. Y, sin embargo, si se va a quedar a vivir en esta vida más apagada, en este otoño, mejor dorarlo para volverlo más acogedor. Es la canción que traen las aguas de marzo cuando se llevan todo lo demás.
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“Es misterio profundo. Es el quieras o no quieras. Es el viento venteando y el final de la ladera. Es la viga es la jamba es la fiesta. Es la lluvia lloviendo y la voz del río. De las aguas de marzo, del fin del cansancio. Pajarito en la mano y es piedra en el tirachinas. Un pájaro en el cielo, un pájaro en el suelo. Un arroyo y un puente”.
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Así que, de forma más impresionista que narrativa, Jobim enumera todo lo que ve. Pone al mismo nivel objetos y sentimientos, equipara personas y recuerdos, para endulzar su renuncia. Se ha convertido, sin saberlo, en un estoico, que sabe que el destino es un viento que sopla a través de nosotros, que no podemos luchar contra la naturaleza, porque somos parte de ella, que la clave está en la vida sencilla: Diógenes, por ejemplo, había renunciado a todo, o eso pensaba, hasta que vio a un muchacho bebiendo con su mano acuencada. “Una criatura me ha vencido con su sencillez”, dijo, y entonces tiró su única posesión: una taza. Crisipo comparaba estar bajo los efectos de la emoción con correr demasiado deprisa: es difícil parar, te sientes sin resuello, te falta el aire, necesitas agua. Jobim ha tirado su taza, o su copa, pero aún se emociona: el ruido de un martillazo en casa, un tronco salvando un salto en el río, está tan solito, el final de un camino, el fondo de un pozo, la promesa de vida en tu corazón. La lluvia sigue mecanografiando con su traqueteo una canción en su parabrisas. Cada gota es un “es” y la melodía salta y moja y se escurre. Son las Aguas de Marzo, con las que unos queremos recibir la primavera y otros despiden el verano, con las que empezar el baile con los mejores zapatos o volver a casa y abrigarse con calcetines. Como con ese invento de la bossa nova.
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“Es la cobra es un palo es Juan y es José. Es un trozo de espino en la mano y es un corte en el pie. Son las aguas de marzo cerrando el verano. Es la promesa de vida en tu corazón”.
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Dos años después de componer “Águas de março”, grabó su mejor versión con Elis Regina, un diálogo de trinos y pinceladas de colores a dos voces. En esa misma época, Vinicius le dedicó “Carta ao Tom 74”, donde hablaba de esos tiempos cuando hasta la tristeza era bella, donde insistía en que, joder, habría que acabar con esta otra tristeza e inventar un nuevo amor. Y al final resultó que Jobim no estaba en mitad de la vida. Falleció en Nueva York en 1994, a los 67 años. ¿Las primeras flores que llegaron? Las que envió Sinatra, que había dicho de esa famosa canción saltarina que era lo más cercano a la perfección que había podido conocer jamás. El nombre de ese músico que salió de Río en coche para encontrar una canción sirvió para bautizar el mayor aeropuerto que te recibía al llegar a esa misma ciudad: Aeroporto Internacional do Rio de Janeiro Antônio Carlos Jobim. En marzo de 2010, las tormentas fueron aún más violentas: desbordaron el río e inundaron su finca. Destruyeron la casa, pero no la canción. Jobim, en su juventud, se iba a dedicar a la arquitectura, cuando la vida y los vasos lo empujaron a ser músico.
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“Es el fondo del pozo es el fin del camino. El disgusto en el rostro, el estoy un poco solito. Son las aguas de marzo cerrando el verano. Es la promesa de vida, en tu corazón”.
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Una piedra cae en medio de un estanque. La piedra cae en un punto, pero alborota, en círculos concéntricos, todo el estanque. Así funciona la memoria, cuando esa piedra es una palabra, un gesto, un olor o, sobre todo y en mi caso, una canción.
Jaume, mi amigo, ponía bossa nova en su coche en cuanto empezaba la primavera. Era algo casi marcial, como los soldados que se rapan con peinado West Point en cuanto llega el calor. No ponía esas cintas cuando tenía calor, sino cuando quería convocarlo porque lo olía cerca. En su Volkswagen Passat tamaño Delorean, cedés ondulados como patatas Matutano por la acción del sol, fuets a medio roer, ejemplares atrasados de la Rockdelux, colillas y latas. Allí nos encerrábamos, como para mantenernos a salvo de los efluvios del presunto templo del conocimiento (la universidad). Pasábamos horas desafinados, escuchando a Jobim en marzo. A veces se apuntaba a concursos de la radio y contestábamos entre los dos, con premios tan destacados como aquella tostadora, que sirvió, en adelante y conectada a la batería, para acabar fuets forrados con pan Bimbo caliente. A veces, incluso, llovía. Eran las Aguas de Marzo, las que llegaban, como la bossa nova, como el primer rumor del sol y de la primavera, para que despuntara la vida a los 20 años; las mismas que, en otro coche, en otra década, en otro hemisferio, en otra edad, sirvieron para que Jobim se despidiera de una vida y encontrara una canción. La mejor canción. Esta canción. ∎