Podemos empezar por el final afirmando que el cuarto álbum en estudio de Jake Xerxes Fussell es un hito en la discografía de este músico georgiano –de la Georgia estadounidense, no la postsoviética, ahora de moda–. Un trabajo que ingresa con letras de oro en la mejor escuela renovadora de la música tradicional anglosajona. Esto, que suena tan pomposo, solo se justifica por los detalles. El menos importante de todos, pero fundamental si recordamos las palabras de George Santayana cuando definía la belleza como una cooperación de placeres, es el hermoso diseño gráfico de “Good And Green Again”, de nuevo a cargo de Brendan Greaves, y una pintura expresionista –titulada “Tallulah Gorge”, maravilla natural de Georgia– del gran Art Rosenbaum en portada.
Poseedor de un interesante currículum académico como folclorista y coleccionista de canciones –dicen que aprendió a tocar la guitarra escuchando discos de 78 revoluciones de gente como Mississippi John Hurt, lo que nos sitúa en la trazada de buscadores como Alan Lomax–, y cómo no, arreglista, cantante y, por ahora, tímido compositor con nombre intermedio de rey aqueménida, Jake Xerxes ha destapado el tarro de las esencias con su nueva selección de piezas. Composiciones tradicionales que miran a lontananza con un sentimiento de pérdida como el motor principal de un álbum especialmente cohesionado y centrado en ese tipo de tristeza que mueve hacia la vida y no al revés. A ellas suma la peculiaridad de su voz tierna y gutural, que recuerda el estilo de Lefty Frizzell –genial cantautor de country de los años 50 con quien también rima en apellido–, y unos arreglos de soul de la pradera que enamoran, como los vientos de “Carriebelle”.
“Carriebelle” tiene la peculiaridad de ser mezcla de otras anteriores cuyas referencias se indican en los créditos. Este es uno de los intereses definitorios de Fussell, algo que, de nuevo, se repite a lo largo de “Good And Green Again”. Estimulantes referencias autorales y de origen, que se especifican puntualmente, actuando a la vez de elemento integrador, en un admirable ejercicio de erudición y honestidad por parte de este músico de aspecto tosco y fino guitarrista fingerpicker poco dado al exhibicionismo, lo que le hace todavía más atractivo. Un tipo estudioso, especializado en identificar con indudable buen gusto y cuidadoso olfato las especies más precisas con la que reinterpretar la historia folk y blues de su país. Así se percibe, por ejemplo, en los tres ases que inauguran su nuevo álbum: la partida dolorosa hacia la guerra de “Love Farewell”, o las shanty songs “Carriebelle” y “Breast Of Glass” de poesía insuperable: “Si tuviese un pecho de cristal en el que pudieses ver, secretamente escribiría tu nombre en su interior con letras de oro brillante”.
Fussell reescribe su propio acerbo comunitario sin resultar “folklórico”, recogiendo lo que tiene de válido y atemporal. También se le llama clasicismo. Magia para la que cuenta con la ayuda de un grupo de repetidores como el bajista Casey Toll y Nathan Golup a la steel guitar –a modo de O.J. “Red” Rhodes, colaborador del recientemente fallecido Michael Nesmith, si bien Golup se luce menos en armonía con el estilo de su patrón–, la consolidada violinista Libby Rodenbough, ya presente en el más animado “Out Of Sight” (2019), un invitado especial, siempre dispuesto a aportar sin estridencias, de nombre Bonnie “Prince” Billy –hace coros en “Love Farewell”–, o el multinstrumentista y productor James Elkington (Jeff Tweedy, Michael Chapman, Steve Gunn), entre otros.
En “Good And Green Again” se entrelazan con madurez balsámica esos sentimientos de aflicción y esperanza que todos acarreamos en esta broma pesada y fuente de gozo que llamamos vida. Emociones también presentes en los tres cortes propios que Fussell incluye por ver primera en uno de sus discos. Intermedios instrumentales siempre útiles a la hora de favorecer la cohesión conceptual de un álbum que no baja la guardia y para cuyo final se reservan la añoranza oceánica de “The Golden Willow Tree” y “Washington”, pieza anónima del siglo XIX con música nueva del artista. Grabado en Durham, Carolina del Norte –por allí vive Fussell–, a finales de 2020, podría interpretarse que “Good And Green Again” es un disco de prurito pospandémico. Pero no hay nada más aburrido y tonto que leer juicios de intenciones. Es mejor dejarse llevar por la frescura sonora –y enigmática quietud– de los paisajes interiores –cercanos y conmovedores– y exteriores –lejanos y evocadores– del mejor y más sutil trabajo de Jake Xerxes Fussell hasta el momento. Sin lugar a dudas. ∎