ue hace tanto, pero el momento tiene para mí la textura y resistencia de algo preservado en el ámbar de mi casi prehistoria jurásica: yo (siete años) y mis padres (acaso demasiado jóvenes para ser padres) frente al escaparate de la legendaria (y todavía hoy girando) tienda de discos El Agujerito en la entonces tan cool (y hoy casi fantasmal) Galería del Este de la ciudad de Buenos Aires, Argentina. Allí, una portada sin título y con una bucólica y plácida fotografía a la que alguien pegó encima (para identificarlo mejor) un papelito donde se lee, en rotundas mayúsculas, “¡EL NUEVO DE JOHN LENNON!”.
Más de medio siglo después –cortesía de su muy generosa reedición en formato megabox deluxe– vuelvo a oír, tan lejos pero tan cerca de todo eso. Vuelvo con los oídos bien abiertos al todavía nuevo y para siempre moderno “John Lennon / Plastic Ono Band” (1970), ahora con el subtítulo definitivo y eternizante de “The Ultimate Collection”. La expansión presente a 6 CDs + 2 Blu-ray HD Audio Discs más un libro de 132 páginas conteniendo lo que en su momento, a finales de 1970, el ex-Beatle más “ex” que nunca había entendido y querido y necesitado como contracción medular a la mínima expresión para así ser más expresiva que nunca. Pero todo lo anterior (sus ganas de patear el tablero y zapatear el tablado, su rencor acumulado a vomitar en la larga entrevista promocional con Jan Wenner en ‘Rolling Stone’, donde recordó selectivamente su adicción a drogas duras, incluyendo la “yokoína”, sus ganas de desaparecer detrás de una fantasmal banda plástica) recién sería de mi curiosidad y conocimiento muchos más tarde.
Ahora, entonces, era apenas y por mucho ese disco nuevo que en su contraportada venía con la foto de un Lennon niño (maniobra que más de una rockstar copiaría a partir de entonces) y más o menos de mi edad. Y, ¡ah! dentro, Lennon aullando. Que se entienda: la idea/concepto de un Beatle-John desesperado y gritón ya había sido ofrecida en “Twist And Shout”, en “I’m A Loser”, en “Help!” y en los tracks más agrios y ácidos de “The Beatles” (1968) y “Abbey Road” (1969). Pero aquí era diferente. Aquí Lennon no gritaba, sino que aullaba sin anestesia ni arreglos audiblemente vistosos. Y lo hacía siguiendo las instrucciones de su terapia de Grito Primal junto a Arthur Janov (el libro contiene un texto muy interesante en el que el psicoterapeuta norteamericano evoca la sesiones con su paciente más célebre) arropado por un sonido despojado (con una ayudita de los amigos Ringo Starr & Klaus Voorman & Billy Preston) pero robusto (paradójicamente, coproducido por el, por lo general, maximalista Phil Spector) y que anticipaba lo que sería el punk, la new wave y la movida under neoyorquina de mediados de los 70 presentándose ya como la más psychovictim y psychokiller al mismo tiempo, y con la televisión muy encendida sintonizando esos canales secretos donde todo es el más oscuro ruido blanco.
Y, sí, para un niño que había crecido con esa voz inconfundible contando acerca de Lucy y de Mr. Kite y de Bungalow Bill y de tantos personajes tan infantiles, de pronto el fascinante escalofrío de esos aullidos desesperados, tan parecidos a los de sus propios padres a lo largo y ancho de sus sucesivas separaciones y reconciliaciones para así poder volver a separarse.
Y, para colmo de males/bienes, un Lennon más vérité que nunca arrancaba arropado por campanas funerarias reprochándole a sus padres absolutamente todo (“Mother”), se decía a sí mismo que más le valía aguantar (“Hold On”), se daba cuenta de todo (“I Find Out”), se proponía como posible pero más bien improbable paladín social (“Working Class Hero”), buscaba el encontrarse en la soledad absoluta (“Isolation”), se acordaba de todo lo que quisiera olvidar (“Remember”), hacía un alto en el remanso amoroso para diseccionar el sentimiento como si se tratase de ecuación físico/química (“Love”), se convertía en una especie de hombre lobo feroz y cansado de caperucitas (“Well Well Well”), rogaba por ser amado (“Look At Me”), descreía de todo menos de sí mismo y de su medio pomelo e invitaba al despertar del Sueño para aceptar la Pesadilla de todos los días (“God”) y se despedía con una canción de cuna mortuoria (“My Mummy’s Dead”). Tres singles previos ahora incluidos en el pack –“Give Peace A Chance”, “Cold Turkey” e “Instant Karma!”– celebraban el pacifismo con enumerativa y burlona mueca dylaniana à la “Rainy Day Women #12 & 35”, asustaban con la radiografía del síndrome de abstinencia y utilizaban la mística oriental no para alcanzar el nirvana, sino para prometer la más infernal de las revanchas.
Menos de un año después, Lennon depuraría a este entrópico Mr. Hyde en su utópica versión Dr. Jekyll para “Imagine” (1971). Pero los dientes y garras de “John Lennon / Plastic Ono Band” asomarían también por allí, aunque un tanto más domesticados, en varios de sus temas (“Crippled Inside”, “Jealous Guy”, “It’s So Hard”, “Gimme Some Truth”, “How Do You Sleep?”), y reaparecerían, como síntomas de una gripe imposible de curar, a lo largo de toda su discografía –con especial carga viral en el injustamente poco valorado “Walls And Bridges” (1974)– hasta poner unas gotas de solipsista hiel en la miel del “Double Fantasy” (1980) que firmó junto a Yoko Ono, con “I’m Losing You” y “Watching The Wheels” antes de los disparos de llegada a la partida.
Escuchar ahora “John Lennon / Plastic Ono Band” con varios años más de los que llegó a tener Lennon pone de nuevo en evidencia la rareza de un hito que, si bien tiene su sitio en la Historia, la sigue haciendo. Esta es la prerrogativa de los clásicos, supongo. La de haber sido y seguir siendo sabiendo que allí seguirán estando cuando nosotros ya no estemos. La última edición del álbum, con su aluvión de demos, tomas alternativas, jams, progresiones y conversaciones en el estudio, a lo largo de sesiones tan volátiles como distendidas y hasta la inclusión de su contemporáneo siamés complementario “Yoko Ono / Plastic Ono Band” (1970), es una de esas contadas boxes a las que se volverá de tanto en tanto a rendirle culto con algo parecido a lo que otros sienten al colgar esos levitantes crucifijos sobre camas en honor a ese Dios que, sí, no es más que un concepto del que nos valemos para medir nuestro dolor. The Beatles, en cambio, fueron y son y serán el concepto (mal que le haya pesado a Lennon por entonces) para medir nuestra alegría. The Beatles como ese producto perfecto y de atractivo ya multigeneracional, acaso porque desde su Big Bang acompañan a toda la humanidad a través de las cuatro estaciones de la vida, pienso. Así, teorizo, Ringo es la infancia, John es la adolescencia, Paul es la asentada vida familiar y George es esa dulce amargura y delicioso resentimiento que recién se alcanza en la madurez. Así, “John Lennon / Plastic Ono Band” –junto a “All Things Must Pass” (1970) de Harrison, “Band On The Run” (1973) de los Wings de McCartney, y “Ringo” (1973) de Ringo Starr– como indispensable cuarta pata de la mesa redonda post-Fab Four. Y, también, como el sitio en el que Lennon cantó (y aulló, ahí tienen la parte vocal a solas de “Mother”) mejor que nunca en un tiempo y lugar donde todas las insomnes noches salía y sale y saldrá la más llena de las lunas. Óiganlo aullar y suban el volumen para no escuchar los gritos de sus padres o de sus parejas o de sus hijos o de sus insoportables vecinos del piso de abajo.
And that’s reality... ∎