En los cuatro años transcurridos desde “Loney Dear”, que no era su debut sino su ya sexto álbum, Loney Dear ha debido dar un giro tranquilizador a su vida. La intensidad quebradiza marca de la casa da paso, en buena parte de “A Lantern And A Bell”, a una sensación de realización. Emil Svanängen ya ni siquiera se protege con capas y capas de sintetizador, cuerda y percusión, sino que despeja el paisaje sónico para dar protagonismo a su voz.
Producido por Emanuel Lundgren (I’m From Barcelona), que comparte estudio con el artista en Estocolmo, “A Lantern And A Bell” nos muestra a un Svanängen en aparente paz consigo mismo y tan preocupado por los demás como por sus propias tribulaciones. La delicada “Habibi (A Clear Black Line)”, básicamente voz y piano, es un villancico dedicado a quienes buscan refugio en el mundo. En esa misma línea encontramos algo como “Last Night / Centurial Procedures (The 1900s)”, cuyo largo y épico título resulta engañoso. Otra breve joya: los 90 segundos para voz, piano y suave coro de “Darling”, sobre la aventura de envejecer.
Pero lo tenue no quita lo complejo, y en realidad el disco tiene casi tanto de collage sónico como el glorioso “Dear John” (2009), solo que en más sutil. Bajo la excusa de un marco conceptual marítimo, muchos temas del álbum están surcados por leves sonidos acuáticos o de lo que parece maquinaria submarina. “Oppenheimer”, haciendo honor a su temática, se apoya en el sonido de la radioactividad tanto como el score de Hildur Guðnadóttir para “Chernobyl” (2019).
Además, aunque se prometieron no hacerlo, Svanängen y Lundgren acaban abrazando el crescendo: atención al épico último minuto de “Trifles”, como pensado por Loney para enamorar al jefe de su sello, Peter Gabriel. Algo peor funciona el intenso vals pop “Go Easy On Me Now (Sirens + Emergencies)”, que exige un tenor más potente, un Rufus Wainwright. Pero, como decíamos, este parece el disco de un hombre satisfecho consigo mismo y quizá también con sus limitaciones. ∎