caroline: apuesta de Rough Trade. Foto: Tom Whitson
caroline: apuesta de Rough Trade. Foto: Tom Whitson

Radar

caroline: entre el sigilo y el estruendo

caroline son la última gema en bruto de la fértil cantera londinense. Un octeto inclasificable, cuyas divagaciones entre el post-rock, el minimalismo clásico y el folk resultan tan hechizantes como alérgicas a cualquier taxonomía.

La experiencia lo dicta: cuanto más intuitivo y menos cerebral es un músico, más les cuesta plasmar su propuesta en palabras. Brindar un discurso articulado ante la prensa. Cuanto más hueco provee para el instinto y la experimentación, más reacio será a intelectualizar su discurso. Siempre habrá excepciones, pero suele ser así. Y los británicos caroline no son esa excepción.

El vocalista, batería y chelista Jasper Llewellyn y el guitarrista Mike O’Malley son afables. Pero si esperas de ellos que te hablen a las claras sobre sus influencias, sus objetivos, sus líneas maestras o su posicionamiento en la industria, date por perdido. Son la antítesis de la concreción. Exactamente como su música, un indefinible ente orgánico a situar entre el post-rock, el minimalismo, un folk desvencijado con aroma a los Apalaches y la música clásica. Largas composiciones que se tensan y luego se deshilachan, desafiando cualquier catalogación al tiempo que habitan una esfera muy propia.

Jasper y Mike asoman a través de cada una de las celdillas de Zoom que segmentan las pantallas de nuestros ordenadores. El grupo se formó cuando Llewellyn y el guitarrista Casper Hughes, amigos desde que se conocieron en la Universidad de Mánchester, se mudaron a Londres y entraron en contacto con O’Malley. Fue a principios de 2017. Y a ese núcleo central de tres músicos se unieron luego Hugh Aynsley a la percusión, Oliver Hamilton y Magdalena McLean al violín, Freddy Wordsworth a la trompeta y el bajo y Alex McKenzie al saxo, flauta y clarinete.

Les costó poquísimo que Rough Trade se fijara en ellos y mañana, 25 de febrero, publican su primer álbum, el homónimo “caroline” (Rough Trade-Popstock!, 2022), tras los sencillos previos “IWR” y “Good morning (red)”. Lo presentarán el 3 de mayo en la Razzmatazz 3 de Barcelona y el 4 en la Moby Dick de Madrid.

Obviamente, ni con fórceps uno va a lograr que caroline confiesen sus influencias a las claras, más allá de un cúmulo de vaguedades y del reconocimiento de que tanto un buen puñado de música post-rock como “algunos discos de The Dirty Three” les han servido como material inspirador. En cualquier caso, sus canciones –es un eufemismo– exudan esa cocción imprevisible que tiene mucho de la improvisación en el estudio, por mucho que casi todo parta de una idea inicial embrionaria: una línea de guitarra, una melodía vocal.

El protagonismo de los violines, el desdén por la clásica estructura de estrofa-estribillo-estrofa, la duración de sus composiciones y su procedencia obligan a preguntarles si sienten algo en común con toda esa escena del sur de Londres que ha tenido en la sala Windmill de Brixton uno de sus catalizadores, y que ha reconfigurado un cierto concepto del post-punk: los Dry Cleaning, Goat Girl, black midi o Black Country, New Road. Llewellyn, como era de esperar, no lo ve así: “La verdad es que no en realidad, porque nunca hemos cantado como una banda de post-punk. Creo que las similitudes tienen más que ver con el hecho de que procedemos de la misma zona y hemos nacido como bandas en la misma época, pero nuestra música es diferente”.

Alex, Magdalena, Oliver, Casper, Freddy, Hugh, Mike y Jasper: con ocho basta. Foto: Tom Whitson
Alex, Magdalena, Oliver, Casper, Freddy, Hugh, Mike y Jasper: con ocho basta. Foto: Tom Whitson

Ambos interlocutores se alternan para responder a cada respuesta. No se matizan el uno al otro. Se reparten el percal educadamente. Pero lo que sí se presta a matización es cuán rápido fue su fichaje por Rough Trade. Y ahí es cuando Mike, el más sucinto de los dos, aclara: “Surgió de la nada y por sorpresa. Tras un concierto se nos acercó un cazatalentos llamado Paul Jones, estaba por allí y me pidió el correo electrónico para escribirme y decirme que quería que firmáramos con ellos. Era solo nuestro tercer o cuarto concierto”. La versión que circula en algunos medios británicos es que el propio Geoff Travis, jefe del sello, se había plantado en el que era su sexto o séptimo bolo, en septiembre de 2019, para rubricar el acuerdo con su mánager, pero eso debió ser algo posterior. En marzo de 2020 publicaron su primer single, “Dark blue”. En cualquier caso, muy claro lo debió ver el histórico sello indie, siempre al quite y demostrando buen olfato.

En la información promocional, caroline confiesan que, aunque a veces puedan poner muchos ingredientes en una misma canción, con frecuencia el elemento realmente importante es básicamente uno. Pero ¿cómo encaja eso en un grupo de ocho personas? “Aun siendo ocho componentes, la música goza de mucho espacio y no la sentimos como algo desordenado, creo que nos las ingeniamos para que el sonido sea austero y, al mismo tiempo, espacioso”, dice Llewellyn.

Esos espacios a los que se refiere son lapsos en los que la canción parece languidecer. Momentos de calma tensa cuya resolución es casi imposible pronosticar, que pueden dejar algo descolocado al oyente y, sobre todo, a quien los vea en directo. “Sentimos mucho esa comunicación con el público”, argumenta O’Malley, antes de afirmar que “es una experiencia inmersiva tanto para nosotros como para ellos: suelen estar completamente en silencio, lo que siempre es una buena señal. Hemos dado muchos conciertos, pero son pocos en comparación con otras bandas, así que aún es interesante cuando eso ocurre, todavía tenemos mucho margen para la sorpresa”.

El escenario, al fin y al cabo, se perfila como la clara estación término de unas composiciones que en vivo deben crecer, y de qué manera. “Algunas de nuestras canciones son como dos o tres a la vez, grabadas en diferentes lugares, en diferentes épocas del año, ensamblando ideas muy distintas entre sí, pero no todas están compuestas pensando en el directo”, asegura Llewellyn, quien también asume que “sí que es importante que sobre el escenario crezcan y deparen la mayor calidad posible”. En ese sentido, asigna incluso un papel involuntariamente activo al espectador como agente a la hora de moldear su directo: “Hay tantos espacios y momentos de quietud que, en cierto modo, si estás entre el público, eso te hace ser muy consciente de ti mismo, en el sentido de que si te mueves o dices algo en voz alta o chocas tu jarra de cerveza con la de un colega, se va a oír. Un amigo de Mánchester lo describió como un sonido envolvente, un estado de ánimo que te atrapa”.

Ambos han estado antes en España, tanto en Madrid como en Barcelona, pero nunca actuando. Así que afrontan su doble cita de mayo con mucha ilusión. Y sin preocuparse demasiado de que la duración de sus creaciones –que se estiran más allá de los cinco, seis o siete minutos– se lleve mal con la era del streaming y los consumos jibarizados: “Obviamente no modelamos nuestra música pensando en Spotify, y tampoco tenemos sentimientos muy positivos hacia el ‘streaming’, la verdad”, sentencia Llewellyn. “Sé que nuestro álbum puede no ser fácil de escuchar en un tiempo tan condicionado por la saturación informativa, pero animamos a la gente a que busque un hueco para escucharlo de principio a fin”. Que así sea. ∎

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