ace ya un par de meses que se ausentó el viejo. Siempre le gustó sentirse viejo. Cuando le dieron el premio Espasa de Ensayo por “La economía del caos”, empezó diciendo: “Quienes tenemos ya casi 70 años…”. Era 1999 y él tenía 58 años.
Hace unos pocos días me encontré con una foto que retrata la última vez que quedé con Antonio Escohotado. Era 2011 y quedamos por prescripción de Calamaro, que nos había invitado a su concierto en La Riviera. Como era su costumbre, me citó en el Cuenllas de Ferraz para tomarnos alguna frugal delicatessen, tipo tuétano con parmentier y cosas así, y de paso ahorrarnos a los teloneros. Y se ve que se nos fue el tiempo de las manos y, al llegar a La Riviera, Calamaro se despedía con un “Hasta siempre, Madrid”. ¡Glups! Convinimos en no decirle a Andrés que nos lo habíamos perdido. La cosa quedó en que habíamos llegado un poco tarde y la incontinencia verbal de Calamaro apaciguó lo que quedaba de noche. Una noche que acabamos en La Realidad.
Esta última vez me lleva directamente a la primera vez que nos vimos. Fue en 1994, en el Café Comercial, a media tarde. Había conseguido su teléfono por medio de una amiga que trabajaba en la SER. Llamé a su casa y le conté a su contestador nuestros planes (los de Mil Dolores Pequeños) para hacer una canción (“De la piel pa’ dentro mando yo”) con la entradilla de “El libro de los venenos” (1990), que estaba leyendo yo en ese momento. Me respondió y quedamos para tomar un café. Yo iba medio nerviosa, pensando que él notaría todas mis lagunas intelectuales. Pero los nervios se me pasaron en cuanto vi que se parecía muchísimo a El Sueco, un cómico que teníamos en ese momento en el Teatro Alfil (del que yo era taquillera y Javier Colis portero). A lo largo de la conversación, y tras innumerables alusiones al sexo y al verbo follar, se me quitaron los nervios definitivamente. Me pareció un poco viejo verde, así que dejó de importarme mi ignorancia.
Al poco, hicimos el vídeo de “De la piel pa’ dentro mando yo”, en el que teníamos que aparecer desnudos todos los participantes. Lo llamé, se lo conté, vino y, cuando vio el percal, me dijo que él desnudarse no se desnudaba, pero que se quitaba la camisa y se comprometía a fumar dos cigarrillos a la vez. Y así lo hicimos.
Bajo los efectos de la juventud se cometen pequeñas atrocidades que sirven sobre todo para aderezar la biografía, como fue que metiéramos una pequeña china de un hash buenísimo en un alto porcentaje de aquel single en el que Escohotado recitó y tocó la guitarra.
En otra mítica ocasión, apareció en mi casa de la calle Palma con el etnobotánico Jonathan Ott para ir a tomar algo y peregrinar por las farmacias a la búsqueda de jarabes que contuvieran codeína, que por aquellos tiempos aún podían comprarse sin receta. Codeína que luego ellos extraían y convertían en otra sustancia más guay mediante un proceso químico con anhídrido acético.
Antes de su última deriva ideológica, que no he sido capaz de entender aún, aprendí muchas cosas de este practicante convulso de la sobria ebriedad. Aprendí, por ejemplo, que las drogas son para avanzar y no para detenerse, que no debemos confundir la cordura con la rutina psíquica y que el opio es mejor introducirlo por el ano que fumarlo.
Quiero dejarlo escrito para que, si algún día se me olvida todo, esto no se me olvide. ∎