n extraordinario sentimiento de júbilo se adueñó de la población jamaicana con motivo de la declaración de independencia frente a la corona británica, de la que ahora conmemoramos su 60º aniversario. Una nueva era de libertad y autosuficiencia parecía empezar para los jamaicanos el 6 de agosto de 1962, un momento histórico que coincidía con los primeros pasos de la industria discográfica en la isla caribeña y el nacimiento de un sonido enfático y lleno de ritmo: el ska, una suerte de blues tropical que se había ido gestando a partir de un cruce inédito entre rhythm’n’blues, boogie, góspel, doo-wop y ritmos autóctonos como el mento y el burru drumming.
Los sound system –dispositivos móviles y autónomos que permitían llevar la música prácticamente a cualquier lugar: furgoneta o similar, altavoces de tamaño considerable, generadores, reproductores y tocadiscos– propagaban en el aire el nuevo sonido a base de vatios. Proliferaban nuevos sellos, e innumerables vocalistas pasaban por concursos de talentos como el de Vere Johns o hacían cola para que los productores del momento hicieran audiciones. Diversos temas competían por llevarse el título de himno oficial de la independencia, como “Independence Time Is Here (Rise Jamaica)”, de Al T. Joe; “Forward March”, de Derrick Morgan; o “Independent Jamaica”, de Lord Creator.
Todos ellos –junto a otro buen puñado de incunables de aquel 1962; varios permanecían inéditos más allá de su edición original en vinilo de 7 pulgadas– conforman el repertorio de “Rise Jamaica!”, el doble álbum con que el sello Trojan Records recuerda y celebra aquel acontecimiento histórico. Se publicará el 5 de agosto –con 28 cortes en su edición en vinilo y 51 en la versión CD– e incluirá también canciones interpretadas por figuras como Jimmy Cliff, Hortense Ellis o Don Drummond.
Pero ¿qué fue de todas aquellas expectativas? ¿Cambió realmente la vida de la población de la isla? Cambió, sí, pero a peor. Como en tantos otros procesos independentistas, aquella euforia de los primeros momentos contrasta enormemente con los acontecimientos que fueron sucediéndose a partir de entonces en una especie de juego diabólico en el que la población ha quedado oprimida y sojuzgada.
Desde 1944, año de las primeras elecciones democráticas todavía bajo el gobierno colonial británico, dos grandes partidos se habían ido alternando en el poder: el Jamaican Labour Party (JLP), de carácter conservador, y el People’s National Party (PNP), de signo izquierdista. Aquel año, Alexander Bustamante –líder del JLP, que contaba con el apoyo de las clases bajas negras– fue elegido primer ministro envuelto en un aura casi mesiánica, y en las elecciones de 1949 fue reelegido. Pero en 1955 ganó el PNP de Norman Manley, más del agrado de la clase media blanca e ilustrada. En 1962, el año de la independencia, volvió a triunfar el JLP, que gobernó durante el resto de la década.
Durante aquellos años la tensión social había ido creciendo imparablemente y las bandas se enfrentaban para defender sus respectivas “zonas”. Esta situación era una de las principales consecuencias de la creación de los garrison, zonas habitadas por seguidores de uno u otro partido a los que se habían adjudicado viviendas como “pago” por los servicios prestados. Un caso emblemático fue el de Back-O-Wall, barrio de chabolas situado en West Kingston y atestado de rastafaris que el gobierno del JLP decidió derruir en 1966 para construir el nuevo barrio de Tivoli Gardens, adscrito a los seguidores del partido en el gobierno. Tan solo unos meses antes la comunidad rasta había vivido con gran fervor la visita del emperador de Etiopía, Haile Selassie, su nuevo mesías encarnado. Y el derribo de Back-O-Wall, contrariamente a lo que pretendía el gobierno, fue un factor que activó la propagación de la fe rastafari y las ideas de igualdad social y lucha contra la opresión. En 1966 se declaró el estado de emergencia debido al incremento de las tensiones y los constantes enfrentamientos entre rude boys –pandilleros que nutrían las bandas– controlados desde las cúpulas de ambos partidos.
Con el paso de los años, la tenaza bipartidista se fue haciendo cada vez más sofocante. El PNP de Michael Manley ganó en 1972 para supuestamente ponerse del lado de los rastas, que cada vez eran más numerosos e influyentes. Manley revalidó su victoria en 1976, pero en 1980 el JLP volvió al poder en uno de los procesos electorales más sangrientos de la historia del país. El nexo del partido conservador con la CIA hizo que las armas y las drogas más duras –en contraste con la tradicional ganja– empezaran a entrar masivamente en la isla, en una de las habituales maniobras de desestabilización orquestadas desde los Estados Unidos. En pocos años, Jamaica pasó de estar bajo el yugo colonial del Imperio Británico a ser un nuevo peón en el ajedrez neocolonial establecido por las fuerzas en la sombra controladas desde Washington, el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial.
La imparable alternancia entre los dos partidos mayoritarios no ha cesado a día de hoy, y la deuda externa jamaicana no ha parado de crecer. Además, esta pequeña isla de apenas tres millones de habitantes se ha ganado a pulso el ser considerado uno de los lugares más violentos del planeta. Las noticias de batidas y asesinatos ocupan los titulares de la prensa de forma habitual. Como muestra, cabe recordar la muerte el pasado 29 de marzo –en un fuego cruzado que se produjo en la vía pública– de Donald Orlando Shaw, extraordinario cantante conocido como “Tabby”, que había ejercido de líder, durante cerca de 50 años, en uno de los tríos vocales más reconocidos en la historia del reggae, The Mighty Diamonds.
Hay aniversarios que no se celebran, pero al recordar lo que sucedió hace ahora 60 años, uno no puede dejar de estremecerse ante la ingenuidad de aquella gente que quiso creer en un futuro mejor. Un pueblo que sufre en su día a día la dura realidad, pero que ha sido capaz de crear uno de los universos musicales más vitales y vibrantes del último medio siglo. Su música –también la contenida en “Rise Jamaica!”– permanece como emocionante testimonio de ese imponente influjo. ∎