A principios del siglo XVI hubo una epidemia rarísima en la bella y triste ciudad de Estrasburgo. Empezó cuando una mujer se puso a bailar espontáneamente en medio de una plaza durante horas, sin motivación aparente. A los pocos días se habían unido decenas de personas, todas ellas dadas al mismo frenesí hedonista. Al mes eran cientos, y llegó a haber muertos, por agotamiento o por paros cardiacos. Está documentado como uno de esos escasos momentos de alucinación colectiva en los que la gente pierde los cabales y se deja llevar por histerias irracionales. En 2006 hubo otra. Tras unos años de constante flujo de bandas británicas exitosas (desde los Libertines a Bloc Party pasando por Franz Ferdinand), unos pipiolos de Yorkshire parecían destinados a, de repente, convertirse en el grupo definitivo del rock británico. Y esta vez no era un asunto que le preocupaba a cuatro adolescentes acneicos. En 2006 los Arctic Monkeys eran un asunto de estado en el Reino Unido. Llegaron, antes de publicar su LP de debut, a encabezar en dos ocasiones la lista de singles de UK. Todo el país bailaba “I Bet That You Look Good On The Dancefloor”, incluso los alérgicos al rock y la distorsión. Este hecho, que parece trivial, no lo es si atendemos a todo lo que vino después. Prácticamente ningún grupo de guitarras británico (las sanas excepciones son el “Ruby” de Kaiser Chiefs y alguna excreción de Razorlight) volvió jamás a encabezar las listas de éxitos. Lo que en su momento parecía la cumbre de una época se convirtió en el principio del fin.
¿Era el disco digno de la locura colectiva a su alrededor? Hay poco que reprocharle. El LP está en un punto intermedio entre el revival del post-punk que triunfaba en la época y la tradición británica de pop narrativo que parte de Ray Davies y pasa por Paul Weller. La narrativa del disco era la de un chaval contando su vida con una agudeza y un humor envidiables, extrema sensibilidad (“Mardy Bum”, que con los años se ha convertido en una de esas canciones que todo-dios-se-sabe en las Islas Británicas, es de una ternura que desarma) y una finísima capacidad de análisis sociológico. Había procesado a los clásicos del pop británico, pero también había entendido que el grime había sido parte esencial de la música de su país: en “From The Ritz To The Rubble” están los fraseos y la mala hostia de Mike Skinner. Para más inri tocaban con un virtuosismo impropio de la edad. En “A Certain Romance” –y en general en todo el LP–, Matt Helders, epítome del batería con pegada y pocas pretensiones, era capaz de abrumar. Era 2006, y los Arctic Monkeys lo tenían todo. Y obviamente el país estaba encantado. El Reino Unido tenía una nueva causa que abanderar, como abanderaba a Oasis en 1996 o a los Stone Roses en 1989. En un país tan dado al ombliguismo cultural, el cuarteto de Sheffield era una excusa excelente para volver a enfundarse en una Union Jack gigante y mostrar orgullo patrio.
El de Arctic Monkeys supuso uno de esos fenómenos que realmente catapultan a los artistas a la posteridad: casi una década después de su debut (y hasta aquel entonces, disco de mayor éxito), el grupo consiguió llegar a una audiencia totalmente nueva y convertirse por segunda vez en el grupo de guitarras más relevante del Reino Unido (y prácticamente podría decirse que del mundo entero). Como les ocurrió a Green Day con “American Idiot” (2004) o a los Red Hot Chili Peppers con “Californication” (1999), los Arctic Monkeys consiguieron un rarísimo privilegio: ser relevantes para una generación totalmente nueva que los asumía como propios, como algo que habían vivido en directo.
No obstante, los siguientes pasos creativos del grupo dan que pensar sobre si este ya no es tal. Por una parte, “Tranquility Base Hotel And Casino” (Domino, 2018) tiene más de proyecto en solitario de Alex Turner que otra cosa: si uno le echa un vistazo a los créditos se puede dar cuenta de que entre él y su eterno colaborador James Ford (productor y, en buena medida, artífice del sonido del disco) suman la mayoría de los créditos: hay canciones, como “Batphone”, en las que Turner toca hasta la batería. No es difícil imaginar a sus tres compañeros aburridos en el estudio de grabación echando un “Fortnite” mientras el líder graba por vigesimocuarta vez unos arreglos de caja china y crótalos. La realidad de los Arctic Monkeys es la de un líder que intenta ser al mismo tiempo Bowie, Gainsbourg y Richard Hawley (con desigual éxito) y tres colegas asalariados echados en una tumbona en sus respectivas mansiones de Los Ángeles. Mientras tanto, Turner ocupa los ratos en los que no está tirando de su proyecto estrella dando vida a The Last Shadow Puppets, aquel pasatiempos que empezó como un homenaje posadolescente a Scott Walker y ha terminado siendo el álbum de fotos de las juergas de mandíbula tensa y silbido a las chavalas con su Mick Talbot particular, el incombustible Miles Kane.