Si uno toma el pulso de la actualidad musical basándose en el eco de las redes sociales, la semana pasada tuvo un solo nombre, el de la ubicua, omnipresente, Rosalía. Junto a su yang particular, C.Tangana, que sigue paseando esa particular revisión de ‘Telepasión’ por los festivales de media España, Rosalía ha conseguido llegar a un estatus en el que su figura, cualquier nimio aspecto de su toma de decisiones, centra el debate público. Las peculiares colisiones entre fandoms enloquecidos, periodistas en busca de unos picogramos de relevancia y avatares virtuales tipo “Manolo856896290” nos devuelven en el espejo el abrumador triunfo de un mainstream más hipertrofiado que nunca, dado que consigue presentarse a sí mismo como vanguardia y tradición, como triunfo popular y representación de vanguardia.
A rebufo de la escena urbana han ido surgiendo, con mayor o menor éxito, tanto en lo comercial como en lo artístico, una casi infinita sucesión de festivales musicales que al respetable de cierta edad le provocan un natural arqueamiento de ceja, por aquello de haber visto ya unas cuantas burbujas festivaleras y desastres comerciales incipientes (saludos desde aquí a la cúpula de Sinnamon). Un ejemplo paradigmático es el Boombastic, evento itinerante que ofrece un buen abanico de pop, trap y experiencia festivalera a un público joven, con sedes en Asturias, Madrid o Benidorm. Si uno lee la prensa local casi todos son masajes, felicitaciones por el éxito comercial y por la “buena convivencia entre festivaleros y locales”. Una búsqueda en Twitter, como bien apuntan desde ‘Nortes’, levanta la sombra de la duda. El paraíso casi coachelliano que vendían las redes sociales del evento resultó ser un caos masivo para asistentes y trabajadores al son de luminarias del calibre de C.Tangana, Nathy Peluso o Nicki Nicole. Los más viejos del lugar saben a qué suele venir asociada esa proliferación de eventos “a la última” al calor de grandes operaciones urbanísticas y compadreos con ayuntamientos y diputaciones. Ya lo cantó ABBA en “Waterloo”: “The history book on the shelf is always repeating itself”.
Hay que decir adiós a Bob Rafelson. El productor y realizador norteamericano falleció el pasado día 23 a los 89 años. En activo desde los años 60 –estuvo detrás del “invento” de The Monkees, grupo creado para una exitosa serie de televisión–, la alianza de Rafelson con Bert Schneider –fundaron la compañía BBS– propició la producción de títulos míticos del New Hollywood como “Easy Rider (Buscando mi destino)” (Dennis Hopper, 1969) y “The Last Picture Show” (Peter Bogdanovich, 1971). En su currículo como director figuran filmes de culto como “Five Easy Pieces” (“Mi vida es mi vida”), fechada en 1970, y “The King Of Marvin Gardens” (1972), además de éxitos como su remake de “El cartero siempre llama dos veces” (1981).