a versión, casi vertical, de Rafael Romero “El Gallina” es una maravilla. Creo recordar que abre la “Antología del cante flamenco”, la de Hispavox, la de 1957, el principio de recuperación del cante jondo que después se apropiaron tantos. El principio fue aquí, auspiciado por militares republicanos españoles en el exilio, como bien cuenta José Manuel Gamboa. “Que a mí me pueden mandar a servir a dios y al rey, pero dejar a tu persona, eso no me lo manda la ley”. Es una caña majestuosa, inmensa. “El Gallina”, gitano de Andújar, es un portento en todos los sentidos. Cómo mete esa interjección, el macho, “¡Anda y viva Ronda, reina de los cielos!”, entre “no me lo manda” y “la ley”. En esa interjección, que parte el macho por la mitad, veía Enrique Morente la esencia política del cante flamenco. Morente hizo varias versiones de esta caña, que se considera ajustada por Antonio Chacón siguiendo el modelo de José “El Granaíno”. Morente la había aprendido de Pepe el de la Matrona, pero siempre siguiendo de cerca la versión de Rafael Romero, que la había mimetizado de la guitarra de Perico en la antología que hemos evocado más arriba. Pero lo que Morente me confiaba, claro, lo que adivinaba, es que en ese giro inesperado había una particularidad política del flamenco, algo que se dice con el cuerpo, algo que no necesita ser explícitamente político, algo que cuando canta al amor o a la pérdida también, de alguna manera, es político.
Ya digo, hay cientos de versiones de esta caña. Las Vainica Doble hicieron otra memorable, con producción de Gonzalo García Pelayo y Carlos Cárcamo y el sitar de Gualberto, en “Contracorriente” (1976), con la inolvidable portada de Iván Zulueta. Ellas repetían hasta la saciedad el libertario “y eso no, y eso no, y eso no lo manda naide” con que titularon el tema. Ese mantra da muy buena cuenta, de nuevo, del contexto político de esta caña. En “Pensamiento político en el cante flamenco” (1985), el maestro José Luis Ortiz Nuevo da cuenta del contexto antimilitarista de la letra. Todos los testimonios que tenemos de la caña, la decimonónica que antecede a las versiones flamencas, contienen una trabazón de temas sociales y amorosos muy interesante para las versiones del género. Como el polo o la petenera, se trata de canciones que llegan del contexto americano, del viaje colonial, del común que nos da el Caribe afroandaluz que repite una y otra vez en el estribillo las distintas metáforas que la vertical caña de azúcar provoca. Cuando los flamencos la paran, la ralentizan –siempre en tiempo de soleá, la soleá grande que llaman los aficionados–, los temas político y amoroso o bien se sintetizan, o bien se separan. Es un cante majestuoso donde la voz paladea las palabras y les da justeza a lo que estas dicen y a cómo lo dicen. Por eso Morente decía haber aprendido aquí mucho de la función de la poesía en el cante político. Sus versiones de Antonio Machado o Miguel Hernández aprendieron bien la lección y nunca concurrió a las autorías métricas que, como las de José Manuel Caballero Bonald o Francisco Moreno Galván, ajustaban nuevos contenidos políticos a letras ya existentes. Todavía pesa eso en la dicción de los viejos discos de José Menese, por ejemplo. Porque, obviamente, atendiendo a su melodía, la caña era una canción y esa canción y sus variantes melódicas necesitaban unas intenciones del cante muy particulares.
Que sea esta letra de caña una de las más populares no se debe a lo antiguo de la misma ni al canon de don Antonio Chacón, sino, más bien diría, a la justeza absoluta entre melodía, cante e interpretación performativa. Por eso el tema antimilitarista no es baladí, sino más bien piedra de toque de lo que políticamente esta letra significa para el flamenco. Como decía, Ortiz Nuevo contaba bien las numerosas letras que llaman a escapar del servicio militar. Por supuesto era un gesto propio de los gitanos que veían en la milicia no solo una pérdida de tiempo, también algo que no les incumbía. Durante los años que pasé en la objeción militar pude repasar bien todo el repertorio de letras flamencas antimilitaristas, que daba a mi hermano abogado para que recurriera ante la fiscalía las muchas impugnaciones que me hacían por no acudir a los lugares de servicio social donde me destinaban. Me acuerdo bien de la seguiriya de Enrique el Mellizo –“Y qué vergüenza más grande me has hecho pasar, peí limosna, limosna mango, de puertecita en puerta pa’ tu libertad”– que, al parecer, retrata un caso real de este cantaor gitano que tuvo que pedir dinero a los amigos para comprar la papeleta militar y que su hijo no fuera a la guerra colonial de Marruecos.
En ese antimilitarismo gitano, leído después por los libertarios como propio, encontramos muchos de los rasgos del sujeto político que muchas veces se busca para el flamenco. Por supuesto Marx había situado a los gitanos, a los bohemios, a los músicos callejeros, a las prostitutas, a los rateros y a los ciegos –es decir, a los sujetos sociales del primer flamenco– en eso que llamó lumpen-proletariado y que calificó de reaccionario, aliado contrarrevolucionario primero con la aristocracia y contra la burguesía y después con la burguesía y contra el proletariado. En fin, tampoco Marx era un genio las 24 horas del día e incluso tenía días malos enteros. En “El derecho a la pereza” (1883), su yerno, el hispano-cubano Paul Lafargue, descubre, sin embargo, a ese sujeto político que todavía no se llamaba flamenco en las tabernas de Madrid, negándose a colaborar con las fuerzas productivas que estaban llamadas a cambiar la sociedad. Cuando se busca un sujeto político para el flamenco hay que pensar en los gitanos, más allá de si son flamenco o no esos gitanos. Esto sigue siendo una merma en la sociología flamenca. Bueno, no sé si una merma o un prejuicio. Hay que entender lo que significa lo gitano para su traducción bohemia y que, por más redundante que parezca, es el flamenco. La gitanofilia, en reacción a la gitanofobia de la burguesía y de las instituciones estatales, es fundamental para entender la configuración política del flamenco. Por ejemplo, tenemos la suerte de contar con una trilogía flamenca sobre la Revolución rusa y el orbe soviético. “El maestro Juan Martínez que estaba allí” (Manuel Chaves Nogales, 1934), “Oselito en Rusia” (Andrés Martínez de León, 1936) y “Dos años entre los bolcheviques” (Helios Gómez, 1934) tienen divergencias y muchos puntos en común, pero son impagables testimonios directos de la experiencia flamenca de la revolución. Ese antimilitarismo secular de los gitanos es una nota característica de los tres testimonios, incluso del de Helios Gómez, que después haría un mito de la participación de los gitanos antifascistas luchando en la guerra civil española. Y, claro, hay cientos de ejemplos. El padre del bailaor Farruco organizó una brigada de zapadores para la defensa de Madrid y fue finalmente fusilado por los franquistas. Claro que los gitanos han tomado las armas, las militares, cuando ha sido necesario. Ahí están los testimonios de Jan Yoors, que organizó redes de colaboradores gitanos por toda Europa en la lucha contra los nazis. Ahí están las revueltas en los campos de exterminio de Polonia o de Serbia protagonizadas por gitanos. Pero lo que ha calado en lo flamenco, lo que los flamencos aprendieron de los gitanos –pensemos que puedan separarse dos palabras que son casi sinónimas– es a objetar de las armas, a intentar escaparse de la milicia, del ejército, de la vida militar. Y es paradójico, verdad, que muchos investigadores quieren hacer venir el término “flamenco” de aquellos gitanos que, por servir en los tercios de Flandes, optaban así a la carta de ciudadanía y obtenían derecho aforados como el resto de los españoles. Es una teoría que flojea en muchos puntos, pero que no quería dejar pasar para que nos sirviera de espejo cóncavo donde reflejar lo que venimos diciendo.
Estoy totalmente de acuerdo con Pastora Filigrana cuando en “El pueblo gitano contra el sistema-mundo” (2020) mantiene que hay que aprender de los gitanos para entender la política de otra manera. Y eso es lo que ha hecho el flamenco o, modestamente, la caña de Antonio Chacón que venimos refiriendo. Aprender de los gitanos, aprender política de los gitanos. Me acuerdo ahora de “1864” (2014), una serie danesa que vi en la plataforma Filmin. Había por lo menos una escena memorable, la irrupción de una caravana de gitanos en medio de la guerra entre daneses y alemanes, irrupción que suponía no solo una tregua, también señalar el sinsentido general de esa guerra. De la guerra, vaya. No puedo dejar pasar que estas líneas se escriben al hilo del ataque de Rusia contra Ucrania y, en fin, hablar de sinsentido es poco. Cuántos intereses, incluso nuestros propios intereses, se ven expuestos en esa absurda guerra. ¡Parece que el capitalismo necesita renovar algunos de sus motores de producción! Nos llegan las primeras estadísticas de muertos, refugiados y víctimas de toda condición. No sé, me quedo mudo. Por eso, quizá, vuelvo a escuchar la caña de “El Gallina”, “y eso no lo manda naide”. ∎