https://assets.primaverasound.com/psweb/x9xxa897c3nkw18sbxpc_1625046979169.jpg

Firma invitada / Escalera de incendios

Carne de mi carne

E

l desembarco de Sophia Loren en Hollywood se escenificó en 1957 en una cena en Beverly Hills en su honor que ha pasado a la historia por Jayne Mansfield y el balcón por escote que lució la rubia. Ambas se sientan juntas y el fotógrafo Joe Shere capta la mirada de Loren al pecho que se desborda de Mansfield. Los ojos de la italiana están entre los celos y el terror. “Esa carne va a rebosar el balcón y Mansfield pondrá la mesa perdida de pezones y pechos que no son míos”, piensa Loren. Cuando veo la foto, como siempre que aparece Mansfield, pienso que lo único que somos es carne, carne tensa, turgente, que se va ablandando con los años, decayendo y arrugando, salvo en el caso de Mansfield. Loren, siempre bella, se ha ido arrugando conforme vivía, mientras que Mansfield permanece a los 24 años desbordando carne en Beverly Hills porque murió solamente diez años después en un brutal accidente de coche.

Me pregunto si Mansfield habría preferido arrugarse y vivir o estaría conforme con su inmortalidad simbólica. Yo en eso soy Ulises, tampoco me habría quedado con Calipso, la ninfa y hechicera que le propuso inmortalidad y placeres si se quedaba con ella. Ulises eligió la muerte porque quería volver a Ítaca. Yo elijo las arrugas, la decadencia, la enfermedad. Porque la carne nos da placer y dolor, orgasmo y cáncer. El cuerpo siempre es hermoso, carne que nos da el tacto, cobija huesos y células que no sabemos la deriva que tomarán, si querrán ser obedientes como una falange romana o preferirán mutar y surcar el cuerpo hasta los rincones en los que no se las espera. Pienso en la fascinación que me produce esta carne nuestra mientras veo a Kate Winslet cansadísima en Easttown, luchando contra depresiones, asesinatos y suicidios, paseando unas bellísimas arrugas que Mansfield ya no puede lucir, las caderas poderosas que vimos en “Titanic” (1997) y que la maternidad de la actriz ha ensanchado. Ella sabe que su cintura no es lo único que se ha ensanchado, también su experiencia y su conocimiento, por eso Winslet pidió a los directores de “Mare Of Easttown” (2021) que no la maquillaran en exceso ni la iluminaran para disimular sus arrugas; en parte porque un personaje así de atormentado tiene arrugas, tiene ojeras, y en parte porque mentir a los demás es feo, pero mentirse a una misma es una tragedia.

Hace unos años, alguien me dijo de otra persona que era una mentirosa, “no tienes más que ver cómo se maquilla, ni ella sabe quién es”. Reconozco que, desde entonces, no he conseguido estar cómoda maquillada. Es un trauma, temo acostumbrarme a la máscara y un día no reconocerme. Bastante nos cuesta saber quiénes somos con la cara lavada. Elijo el susto diario de ver la vida pasar sobre la carne, las manchas en el rostro, la piel que se descuelga, la cintura que desaparece. Esa, intuyo, soy yo, mutante. Es una preciosa contradicción, nunca somos la misma persona. Algunos estudios han podido demostrar que nuestro cuerpo se renueva cada diez años hasta determinada edad, que nuestras células, salvo las neuronas, que nos son dadas al nacer, mudan en una década, aproximadamente. Así que Jayne Mansfield, su cuerpo, se renovó unas tres veces. Una de ellas, estoy segura, fue aquella noche de 1957 en Beverly Hills. Y Loren lo sabía. ∎

Etiquetas
Compartir

Contenidos relacionados